LA VIRGEN DE GUADALUPE

 

 

DESCRIPCION DE LA IMAGEN

Del examen de la figura impresa en la Tilma, se desprende que se trata de una adolescente, de rostro ovalado y piel morena clara, que se cubre de un manto tachonado de estrellas y que, por los rayos de oro que la rodean, parece como si tuviera el sol a sus espaldas. Está de pie y su altura es, de un metro con cuarenta y tres centímetros. Descansa la figura sobre una media luna, de color obscuro y los cuernos hacia arriba, a la que se sirve de "atlante" un ángel, en cuyas alas se ha querido ver los colores de nuestra bandera.

 

Vístese la figura de una túnica, un cíngulo y un manto. La túnica es de color rosa pálido, y está recamada de arabescos que semejan flores tejidas con hilo de oro; el cíngulo, de color morado, es una faja de unos dos dedos de ancho que se anuda bajo las manos y cuyos extremos aparecen bajo las vueltas de las mangas; el manto, que cubre a la imagen de la cabeza a los pies, es de color verde azuloso en su parte externa y de un azul menos intenso en la interna. Bordea el manto una orla de oro y por toda su superficie exterior se distribuyen uniformemente cuarente y ses estrellas, también de oro: veintidós al lado derecho y veinticuatro del lado izquierdo.

 

Circundan la figura ciento veintinueve rayos dorados: sesenta y dos del lado derecho y sesenta y siete del izquierdo. Son equidistantes y están dispuestos en forma alternada: uno recto y otro ondulado. El oro de estos rayos es más vivo y brillante en la proximidad del manto, desvaneciéndose en un amarillo ceniciento que se pierde al llegar a las nubes que encierran el conjunto. Esta disposición explica la impresión de que el sol está a espaldas de la imagen.

 

La calidad del oro de los arabescos de la túnica, de las estrellas y orla del manto, así como la de los rayos, es tan especial que, a primera vista, da idea de ser oro en polvo que se desprendería al tacto; sin embargo, un examen cuidadoso hace ver que no es oro en polvo, ni que está sobrepuesto, sino incorporado en la tela del ayate, como si al tejerla se hubieran dorado previamente los hilos.

 

En algunas pinturas de la Virgen de Guadalupe, se aprecia una corona de oro, de diez rayos, tan mal puesta que, mientras la cabeza de la imagen está inclinada hacia la derecha, la tal corona está en posición vertical, como suspendida sobre el extremo superior del manto. Ciertos relatos de las Apariciones hablan de una corona ciñendo la cabeza de la Virgen, pero otros no dicen nada al respecto. Se considera que nunca tuvo corona, pero que es posible que se hubiera tomado como tal el haz de unos diez o doce rayos verticales que se aprecian sobre el extremo superior antes mencionado. Aquí cabría citar lo que el P. Francisco de Florencia dice en su libro Estrella del Norte de México (2a. Ed., 1741): "Pocos años después de la Aparición (y seguramente varios después de la muerte de Juan Diego) les pareció bien a los que cuidaban del culto de la Virgen, que estarían mejor si se la adornara de querubines que alrededor de los rayos del sol le hiciesen compañía". Tales querubines han desaparecido, por la acción del tiempo, o por órdenes de autoridad competente, pero aún se notan alredeodr de la imagen ciertos manchones descoloridos. Es posible que, así como algunos tuvieron la osadía de pntar los querubines, otros hayan tratado de ponerle una corona a la imagen.

 

Si vemos el ayate a una distancia superior a los tres metros, los colores se aprecian fuertes y marcados, distinguiéndose bien los claros de los más obscuros; pero conforme se acerca el observador se van desvaneciendo y casi se pierden al mirarlos con una lupa de gran aumento. Esto es un grave inconveniente para la toma de fotografías del rostro, pongamos por caso, ya que mientras más potente sea la lente, más resaltará la grosera trama del lienzo, en detrimento de los rasgos.

 

RESUMEN DE LAS APARICIONES

PRIMERA APARICIÓN

En el año de 1531, a pocos días del mes de diciembre, un indígena llamado Juan Diego, originario de Cuautitlán, se dirigía a Tlatilolco para dar culto a Dios cuando al pasar por un cerrito llamado Tepeyac, escuchó cantos de pájaros.

Se acercó y una voz lo llamó: "Juanito, Juan Dieguito".

 

Era la Virgen María y le pide que vaya con el Obispo de México a decirle que le cuente lo que ha visto y que ella pide que le construyan un templo para poder mostrar su amor, su auxilio y compasión a todos los mexicanos.

 

SEGUNDA APARICIÓN

Fue Juan Diego a ver al Obispo, esperó un rato y cuando por fin entró, contó todo lo que había visto y dio el recado de la Virgen. Pero el Obispo no le creyó.

 

Regresó Juan Diego al cerrito donde lo estaba esperando la Virgen y le dijo que había hecho cuanto ella le había pedido, pero que el Obispo parecía no haberle creído. Juan Diego le pidió a la Virgen que enviara mejor a alguien más conocido y respetado.

Pero la Virgen le dice que a él es a quien quiere enviar para que diga su mensaje al Obispo. Juan Diego regresa a su casa.

 

TERCERA APARICIÓN

Al día siguiente, que era domingo, salió Juan Diego muy temprano para Tlatilolco y después de oír Misa, se fue a ver al Obispo. Cuando entró a verle le contó otra vez todo lo que había visto y que la Virgen quería que le construyeran un templo. El Obispo le preguntó muchas cosas y le dijo que necesitaría una señal de la Virgen para creerle. Salió Juan Diego para dar el recado a la Virgen y el Obispo mandó que le siguieran para ver a donde iba. Las personas que lo seguían al llegar cerca del Tepeyac, lo perdieron de vista y nunca lo encontraron, por lo que fueron con el Obispo a decirle que no le creyera a Juan Diego.

 

Mientras tanto, Juan Diego hablaba ya con la Virgen diciéndole que el Obispo pedía una señal. La Virgen le dice que vuelva mañana para llevar al Obispo la señal que pide para que le crea.

 

 

CUARTA APARICIÓN

Al día siguiente, lunes, cuando se suponía que Juan Diego debía ir con la Virgen para que le diera la señal, Juan Diego no regresó. Porque cuando llegó a su casa encontró a su tío Juan Bernardino muy grave. Fue a llamar a un médico pero ya no se pudo hacer nada. En la noche su tío le pidió que fuera a Tlatilolco a buscar a un sacerdote para que lo confesara y lo preparara para morir.

 

El martes de madrugada salió Juan Diego para Tlatilolco a llamar al sacerdote. No pasó por el cerro del Tepeyac, donde se le aparecía le Virgen, para no verla y que lo entretuviera. Pero la Virgen lo vio y se le acercó a preguntarle a dónde iba. El le contó de la enfermedad de su tío. La Virgen le contestó que no tenía de qué preocuparse puesto que ella lo cuidaba. Juan Diego se puso tranquilo y contento.

 

La Virgen le dijo que subiera al cerrito a buscar unas flores. Le pidió que las cortara y las juntara, y volviera con ella. Así lo hizo Juan Diego y encontró rosas de castilla de varios colores, asombrado porque en esa época tan fría no se dan. Las cortó, las envolvió en su tilma y volvió con la Virgen. Ella las cogió con sus manos y volvió a ponerlas en la tilma. Le dijo que esa sería la señal que debía llevar al Obispo, y que sólo delante de él podría desplegar su tilma. Se puso entonces Juan Diego en camino.

 

 

EL MILAGRO DE LA IMAGEN

Al llegar Juan Diego al palacio del Obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados y no querían dejarlo pasar. Largo rato estuvo esperando y ellos tenían curiosidad de ver qué era lo que llevaba envuelto en su tilma. El solo les mostró un poquito para que vieran que eran flores. Ellos metieron su mano para coger algunas, pero 3 veces lo intentaron y cuando iban a cogerlas ya no se veían verdaderas flores sino que parecían bordadas o pintadas.

 

Fueron entonces a contarle al Obispo y éste cayó en la cuenta de que aquéllos era la prueba que había pedido.

 

Entró Juan Diego y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado y el mensaje de la Virgen. Luego desenvolvió su manta y se esparcieron por el suelo las diferentes flores quedando dibujada de repente la imagen de la Virgen María en la tilma, tal cual se guarda hoy en la Basílica de Guadalupe.

 

El Señor Obispo pidió perdón de no haberle creído y comenzó a construir el templo en el lugar donde lo había pedido la Virgen.

 

 

ALGUNAS REFLEXIONES